Oruguitas

Rabietas en niños: por qué ocurren y cómo acompañarles

Por Mónica Cabezas Gutiérrez

13 de abril de 2026

Recuerdo una mañana, ocurrió no hace mucho, estaba siendo una de esas mañanas complicadas, cambio de tiempo, vuelta de vacaciones y los niños, un poco "revueltos", estábamos terminando una actividad, en ella teníamos unos coches, de esos que tienen luces, hacen ruido y que si les das impulso, salen disparados a toda mecha… Pues bien, era el momento de recoger ya que íbamos a almorzar, y cuando tocaba meter los coches en la caja, de repente, dos alumnos se pusieron a llorar, no había consuelo para ellos, su objetivo era seguir jugando toda la mañana con ellos pero era inviable y la rabieta continuaba.

En ese momento, no hice nada más que estar presente, me senté junto a ellos, y puse mi mano en sus hombros, respiré tranquilamente e hice varias respiraciones un poco más fuertes, (porque lo habíamos trabajado en el aula), y justo ahí sus compañeros se acercaron para enterarse bien de lo que pasaba, les pedí ayuda y entre todos nos pusimos a respirar, la rabieta había pasado, aunque había lágrimas en sus mejillas, se iban calmando poco a poco, metimos los coches en su cajón y en la hora del almuerzo hablamos sobre lo que había pasado.

Parece fácil, pero han sido muchas horas a las espaldas, de llantos, rabietas o berrinches, al final logras entender, que no eres tú, ni los juguetes, ni los compañeros, es su desarrollo…

Qué son las rabietas (y qué NO son)

Si estás leyendo esto, seguro que has vivido alguna escena parecida. Tu peque llorando, gritando, tirándose al suelo, y tú sin saber muy bien qué hacer. Tranquila, tranquilo, respira, porque lo primero que necesitas saber es que las rabietas, pataletas, berrinches, como quieras llamarlas, son una parte completamente normal del desarrollo de tu hijo. No son un problema. No son un fallo tuyo. No significan que estés criando mal.

Las rabietas son la forma que tienen los peques de expresar emociones que todavía no saben manejar. Emociones en estado puro: rabia, frustración, impotencia, a veces incluso miedo. Tu hijo no tiene todavía las herramientas para decirte "mamá, estoy enfadado porque quería ese juguete y no me lo das y eso me frustra mucho", así que lo expresa con todo su cuerpo: llora, grita, patalea, se tira al suelo.

Y aquí viene algo que me parece muy importante que entiendas: tu hijo no te está manipulando. Sé que a veces lo parece, sé que hay quien te lo va a decir, pero no. Un niño de dos años no tiene la capacidad cerebral para elaborar un plan maquiavélico de manipulación. Lo que tiene es una emoción enorme que le desborda y un cerebro que todavía no sabe cómo gestionarla.

Y otra cosa: el llanto de un bebé de cuatro meses no es una rabieta. Eso es comunicación pura, es la única forma que tiene de decirte que necesita algo. Las rabietas como tal suelen aparecer alrededor de los 12 meses, cuando tu peque ya empieza a tener deseos propios pero no tiene ni el lenguaje ni la capacidad para manejar la frustración de no conseguirlos.

Por qué ocurren las rabietas: lo que pasa en el cerebro de tu hijo

Te explico, porque cuando entiendes lo que pasa por dentro, todo cambia.

El cerebro de tu hijo es como un folio en blanco que se va rellenando a medida que tiene experiencias, y hay una parte de ese cerebro, la corteza prefrontal, que es la encargada de cosas como controlar los impulsos, regular las emociones, pensar antes de actuar, es decir, todo lo que a los adultos nos parece tan "fácil" y que en realidad nos ha costado años y años aprender. La cosa es que esa parte del cerebro no está madura en los niños pequeños. De hecho, no termina de desarrollarse hasta bien entrada la edad adulta.

Entonces, ¿qué pasa cuando tu peque quiere algo y no lo consigue? Pues que se activa otra parte de su cerebro, la amígdala, que funciona como una alarma. Esa alarma detecta "peligro" (que para tu hijo puede ser simplemente que le has quitado la galleta) y pone a todo su cuerpo en modo supervivencia. Se dispara el llanto, la rabia, la tensión, y la corteza prefrontal, que sería la parte que podría calmarlo y ayudarle a pensar, está ahí pero no funciona lo suficiente. Es como si la alarma sonara tan fuerte que no le dejara escuchar nada más.

Es decir, tu hijo no elige tener una rabieta. Su cerebro le lleva ahí porque todavía no tiene el desarrollo necesario para hacer otra cosa. Por eso gritarle "¡cálmate!" en medio de una rabieta no funciona: le estás pidiendo que use una parte del cerebro que todavía no está lista.

Y aquí hay algo precioso que me encanta explicar: tú eres su regulador externo. Somos su espejo. Si tú estás regulada, tranquila, presente, le estás prestando tu calma, tu corteza prefrontal, para que él pueda poco a poco aprender a regular la suya. Cada vez que acompañas una rabieta con presencia y sin perder los nervios, estás ayudando a que esas conexiones cerebrales se fortalezcan.

Rabietas por edades: qué esperar en cada etapa

No todas las rabietas son iguales, y no es lo mismo lo que le pasa a un bebé de un año que lo que le pasa a un niño de tres. Entender en qué momento del desarrollo está tu hijo te va a ayudar mucho a no tomártelo como algo personal y a acompañarle mejor.

Rabietas en bebés (12-15 meses)

Las primeras rabietas suelen aparecer alrededor del primer año, a veces un poco antes, hacia los 9 o 10 meses. En esta etapa tu bebé está empezando a querer hacer cosas por sí mismo, a moverse, a explorar, y cuando no puede (porque le quitas algo de las manos, porque no llega a donde quiere, porque le dices que no), aparece la frustración. Todavía no son rabietas "completas" como las que vendrán después, son más bien estallidos de frustración cortos porque los hitos del desarrollo de esta edad, la movilidad, la autonomía incipiente, chocan con sus limitaciones.

Rabietas entre 18 meses y 2 años

Aquí es donde llega el pico. Lo que mucha gente llama los "terribles dos", aunque a mí no me gusta nada ese nombre porque no tiene nada de terrible, es simplemente una etapa intensa. Tu peque ya tiene deseos muy claros, ya sabe lo que quiere, pero su cerebro todavía no puede regularse cuando no lo consigue. Y encima coincide con otros cambios: la regresión del sueño de los 18 meses puede hacer que esté más irritable, la neofobia alimentaria (esa fase en la que de repente no quiere comer nada de lo que antes le encantaba) genera conflictos a la hora de comer, y el lenguaje todavía no es suficiente para expresar todo lo que siente. Es la tormenta perfecta.

Rabietas a los 3 años y más

A partir de los tres años, las rabietas suelen empezar a disminuir en frecuencia, pero ojo, las que hay pueden ser más intensas. Tu hijo ya tiene más lenguaje, lo cual es bueno porque puede empezar a poner palabras a lo que siente, pero también significa que puede argumentar, negociar, y frustrarse de maneras nuevas. Es un proceso, no desaparece de un día para otro. Si a los 4-5 años las rabietas siguen siendo muy frecuentes, muy intensas y muy largas, puede ser buen momento para consultarlo con el pediatra.

Cómo acompañar una rabieta: herramientas que funcionan

Aquí es donde entramos en lo práctico. No te voy a dar una lista de "10 trucos mágicos" porque eso no existe. Lo que sí puedo darte son herramientas reales, las mismas que yo he usado durante años en la guardería con niños en plena rabieta, y que vienen de la Disciplina Positiva.

Lo que yo haría, lo primero de todo,

Lo primero que puedes hacer cuando empieza una rabieta es, precisamente, no hacer nada. O mejor dicho, hacer lo más difícil: dejarle sentir. Dejarle que esa emoción salga, que se exprese, que ocupe el espacio que necesita. Sin cortarla, sin intentar que pare, sin razonar. Su cerebro en ese momento no puede escucharte, la corteza prefrontal está "apagada" y lo único que existe para él es lo que está sintiendo. Cualquier cosa que digas ahora mismo va a llegar a una puerta cerrada.

Así que primero, respira tú. Quédate cerca, transmite calma con tu cuerpo, y deja que pase la tormenta.

Y cuando notes que empieza a bajar, que la intensidad afloja un poco, ahí es cuando puedes hacer algo muy concreto: validar lo que sintió. "Entiendo que estabas muy enfadado", "veo que te ha frustrado mucho", "sé que querías eso y te ha dado mucha rabia que no pudiera ser". No es darle la razón. No es ceder. Es simplemente decirle que lo viste, que lo que sintió existió y tenía sentido, aunque el mundo no se fuera a acabar por ello.

Y hay algo fascinante detrás de esto, es decir, cuando nombras la emoción que sintió tu peque, estás ayudando a que su corteza prefrontal se reactive. El simple hecho de ponerle nombre a lo que sintió ya le ayuda a terminar de calmarse. No es magia, es neurociencia.

Me acuerdo de María. Tenía dos años y estábamos pintando juntas, un barco en un folio. Cogió el rotulador con tanta fuerza, con esa fuerza que solo tienen los peques cuando algo les entusiasma de verdad, que rasgó el papel. Y María empezó a llorar. Y lloraba, y lloraba.

La yo de antes habría intentado cortarlo. Habría dicho "no pasa nada, es solo un papel", habría buscado otro folio rápido, habría hecho lo que fuera para que ese llanto parase. Porque durante mucho tiempo, toda mi energía iba destinada exactamente a eso: a que parase. Sin entender que lo que estaba haciendo era ponerle una tirita a una herida que seguía sin curar por debajo.

Pero ese día hice algo diferente. Me situé a su lado, cerca, de manera que notara que yo estaba ahí. Ella abrió los brazos. Y le di un abrazo de esos que dan las profes, de los que sanan. Y esperé. Dejé que la tormenta pasara.

Cuando la sentí calmarse, le dije: "Entiendo que estás enfadada porque se rompió el dibujo. A mí tampoco me gusta cuando me pasa eso." Y luego: "¿Quieres que te ayude a pintar otro barco?"

Nada más. Sin sermón, sin lección, sin explicación larga. Solo presencia, nombre a lo que sentía, y una puerta abierta hacia adelante.

María dejó de llorar, cogió otro folio y pintamos el barco juntas.

Y después, acompañar sin sobreestimular. Sin sermonear, sin explicaciones largas. Lo que yo haría es sentarme cerca, respirar, y simplemente estar ahí. Hay peques que quieren que les abraces, otros necesitan su espacio. Escúchale.

Otra herramienta que a mí me funciona mucho, y que es un pilar de la Disciplina Positiva, es la firmeza con amabilidad. Imagina una balanza: en un lado la firmeza, en el otro el cariño. Los dos tienen que estar. No ceder al capricho (si has dicho que no, es no), pero tampoco castigar por tener una emoción. Tu hijo tiene derecho a enfadarse, lo que no tiene derecho es a pegarte o a romper cosas, y eso se lo puedes transmitir con calma. Como explica Jane Nelsen, la creadora de la Disciplina Positiva, la firmeza respeta las necesidades de la situación y la amabilidad respeta la dignidad del niño.

Y luego, algo que a veces se nos olvida: reconectar después. Cuando la rabieta pasa, cuando la calma vuelve, es el momento de hablar. Es decir, la conexión antes que la corrección. "¿Qué te ha pasado? ¿Cómo te sentías? ¿Qué podemos hacer la próxima vez?" Eso es lo que construye aprendizaje real.

Durante mucho tiempo tuve en el aula lo que tienen casi todas las aulas: un rincón con caritas, semáforos, colores para las emociones. Y no es que esté mal, es que un día me di cuenta de algo que lo cambió todo: un niño no aprende a gestionar la rabia por ver una imagen de una cara enfadada en la pared. La rabia no se entiende mirándola desde fuera. Se entiende sintiéndola, nombrándola, y encontrando qué hacer con ella.

Así que cambié.

Estábamos trabajando un cuento, uno de los mejores que he leído sobre emociones, y en él salía un volcán. Y pensé, claro, la rabia es exactamente eso, un volcán en erupción. No es mala, no es peligrosa, es energía que necesita salir. La pregunta no es cómo apagarla, sino cómo acompañarla.

Y de ahí nació nuestro rincón. Hicimos un volcán con arcilla, lo pintamos juntos, hicimos experimentos para ver cómo la lava iba saliendo poco a poco… y ese volcán se convirtió en el símbolo de algo que todos entendíamos: a veces nos pasa algo por dentro que es muy grande, y eso está bien.

Pero el rincón no era solo para la rabia. Era para todas las emociones. Para la tristeza, para el miedo, para ese momento en que algo te desborda y no sabes muy bien ni qué es. Antes, en la asamblea, habíamos hablado de qué nos gustaba hacer cuando nos sentíamos mal, qué nos tranquilizaba. Para unos era pintar, para otros la plastilina, construir, bailar… Y todo eso fue entrando en el aula. Porque cada peque tiene su propia forma de volver a la calma, y nuestro trabajo no es decirles cuál es, sino ayudarles a descubrirla.

Cuando algún peque estaba un poco desbordado, iba al rincón. Solo. Sin que nadie le mandara. Respiraba, seguía sus pautas, y volvía. Eso es autorregulación de verdad, no obediencia, no control, sino un niño que empieza a conocerse y a confiar en que puede.

Lo que NO funciona (y por qué)

Te lo digo claro porque creo que es importante: hay cosas que se han recomendado toda la vida, que siguen apareciendo en muchos sitios de internet, y que no solo no funcionan sino que pueden hacer daño. Y me da rabia, porque sé que muchos padres y madres las aplican de buena fe pensando que es lo correcto.

Empiezo por la más extendida: ignorar la rabieta. Hay quien recomienda alejarse, dejar al niño solo, que "se le pase". Esto es lo que en psicología se llama extinción conductual: retirar la atención para que la conducta desaparezca. Y sí, puede que la rabieta pare antes, pero lo que le estás enseñando a tu hijo es que cuando se siente mal, está solo. Que sus emociones no importan. Que nadie va a acompañarle cuando lo pase mal. Y eso daña el vínculo afectivo, que es la base de todo.

Otra que me encuentro mucho: la silla de pensar, sentar al niño en un lugar apartado. "Siéntate ahí hasta que se te pase." Esto sigue siendo lo que recomiendan muchos portales médicos y muchos pediatras. Pero separar al niño de ti en el momento en que más te necesita no le enseña a regularse. Le enseña que su rabia es mala, que tiene que esconderla, que no es aceptable sentir lo que siente. Lo que yo haría es justo lo contrario: estar con él, acompañarle, ser su lugar seguro mientras aprende.

Y aquí es donde quiero detenerme un momento, porque esto me parece clave. Jane Nelsen, referente de la Disciplina Positiva, lo dice con una claridad que me encanta: "¿De dónde sacamos la loca idea de que para lograr que un niño sea bueno, primero debemos hacerlo sentirse mal?" Ahí está todo.

Cuando mandamos a un niño a su habitación con la orden de "piensa en lo que hiciste", asumimos que podemos controlar lo que piensa. Y no podemos. Lo que Nelsen explica, y yo he visto con mis propios ojos en el aula, es que ese niño no está reflexionando sobre su comportamiento. Está pensando en lo injusto que hemos sido. Está llenándose de rabia y resentimiento. O, lo que es peor, está llegando a la conclusión de que es mala persona. Ninguna de esas tres cosas nos acerca a lo que queremos.

Lo que propone Nelsen es algo completamente distinto, el Tiempo Fuera Positivo: un espacio que se crea con el niño, no para castigarle, sino para ayudarle a calmarse y sentirse mejor. La diferencia no es solo de nombre, es de propósito. Porque cuando un niño está en medio de una tormenta emocional, su cerebro primitivo ha tomado el control y no puede razonar. Primero necesita calmarse. Después, solo después, puede aprender.

Yo lo viví en el aula. Cuando creamos nuestro rincón del volcán, no lo creamos como un sitio al que se iba castigado. Lo creamos juntos, lo hicimos nuestro, y los peques lo elegían solos cuando lo necesitaban. Eso es lo que funciona, no la amenaza de "como no pares te siento ahí", sino el "aquí tienes un lugar tuyo para cuando lo necesites".

Y luego está el gritar o amenazar. Somos su espejo. Si tú gritas, tu hijo aprende que gritar es lo que se hace cuando uno está enfadado. Las neuronas espejo del cerebro de tu peque están captando todo lo que haces, y está aprendiendo de ti cómo se gestionan las emociones. Lo que yo haría es respirar, bajar el tono, y recordarme que el problema lo tiene él, no yo.

También se ve mucho el premiar cuando para de llorar. "Si dejas de llorar te doy una galleta." El problema es que no estás enseñando regulación emocional, estás enseñando negociación. Tu hijo aprende que las emociones se intercambian por premios, no que se sienten, se acompañan y se procesan.

Y aquí va algo que me parece clave para entender todo esto: hay cuatro estilos parentales básicos. El autoritario, que es solo firmeza sin amabilidad, "aquí mando yo y punto". El permisivo, que es solo amabilidad sin firmeza, "pobrecito, dale lo que quiera". El negligente, que no da ni firmeza ni amabilidad, el niño crece sin límites y sin vínculo, a la deriva. Y el democrático, que combina firmeza y amabilidad a partes iguales, es decir, lo que propone la Disciplina Positiva. Lo que no funciona son los tres primeros, cada uno a su manera. Las consecuencias naturales, si tiras la comida no hay más comida, enseñan mucho más que cualquier castigo impuesto desde fuera.

Rabietas en público: la vergüenza de los padres

Hasta ahora he hablado mucho de lo que le pasa al niño, pero ¿y lo que te pasa a ti?

Porque la cosa es que una rabieta en casa ya es difícil, pero una rabieta en el supermercado, en el parque, en casa de los abuelos… eso es otro nivel. Y no por la rabieta en sí, sino por las miradas. Por la presión social. Por esa señora que te dice "dale un cachete y se le pasa". Por tu suegra que comenta "conmigo esto no pasaba". Por todos esos opinólogos que creen que saben mejor que tú cómo criar a tu hijo.

He visto esa vergüenza de cerca. Muchas veces. Padres que llegaban a la guarde disculpándose por la rabieta que había tenido su hijo en el camino, como si hubieran hecho algo malo, como si un niño de dos años desregulado fuera un fracaso personal suyo. "Es que hoy está muy pesado", decían, con esa cara de quien pide perdón por existir. Y yo pensaba, ¿pesado? Tiene dos años y un cerebro que todavía está construyéndose. ¿Qué esperabas exactamente?

Porque la cosa es esta: les exigimos que se comporten como adultos, pero los infantilizamos a la mínima que podemos.

Les vestimos nosotros porque vamos con prisas, y luego queremos que en el médico se sienten quietos y se comporten. Les recogemos lo que se les cae porque "es un desastre", y luego esperamos que sean responsables. Les llevamos en brazos cuando ya saben andar porque así llegamos antes, y luego nos sorprende que no quieran hacer las cosas solos. Les señalamos un perro y decimos "mira el guau guau" con esa voz de bebé cuando tienen cuatro años, y luego les pedimos que nos hablen "como personas".

Los tratamos como pequeños cuando nos conviene, y como adultos cuando nos interesa. Y en medio de esa contradicción, el niño intenta entender qué se espera exactamente de él. Con dos años. Con un cerebro que todavía está construyéndose.

¿Y luego nos extraña la rabieta?

Y los opinólogos, ay, los opinólogos. Esa especie que aparece siempre en el momento más inoportuno, con su consejo no solicitado y su mirada de superioridad moral. La señora del carrito que suspira. El abuelo que dice que "antes no había estas cosas". La amiga sin hijos que te explica muy tranquila lo que harías si fueras mejor madre. A todos ellos les tengo un mensaje muy claro: criar no es un deporte de opinión. Es una maratón que se corre de noche, con el depósito vacío, y sin que nadie te aplauda en la meta.

Lo que yo le digo a esos padres, y lo que te digo a ti, es esto: la opinión de la señora del supermercado no va a criar a tu peque. Pero tu presencia en ese momento, agacharte, mirarle, acompañarle aunque todo el mundo te esté mirando a ti, eso sí le va a enseñar algo que va a llevar toda la vida: que puede contar contigo incluso cuando todo se desmorona. Eso no tiene precio, y desde luego no cabe en el carrito de la compra de nadie.

Y si alguien te juzga, recuerda esto: el problema no es que tu hijo tenga rabietas. El problema sería que no las tuviera, porque eso significaría que no está creciendo, o peor, que ha aprendido que sus emociones no son bienvenidas. Y eso sí que es algo de lo que preocuparse.

Cuándo preocuparse: señales de que las rabietas necesitan ayuda profesional

Las rabietas son normales. Pero hay algunas señales que te pueden indicar que conviene hablar con el pediatra:

Si las rabietas duran de forma recurrente más de 25 o 30 minutos y tu hijo no consigue calmarse de ninguna manera. Si durante las rabietas se autolesiona, es decir, se golpea la cabeza contra el suelo o la pared, se muerde, se araña. Si las rabietas persisten con mucha frecuencia e intensidad después de los 4 o 5 años. Si ocurren muchas veces al día, todos los días, sin que puedas identificar un patrón.

En casos más extremos, existe lo que se llama trastorno de desregulación disruptiva del estado de ánimo, que es un diagnóstico clínico para rabietas severas y persistentes. Pero esto es poco frecuente y solo lo puede valorar un profesional.

Pedir ayuda no es un fracaso, es un acto de responsabilidad. Si sientes que algo no va bien, consulta. Tu pediatra puede orientarte y, si es necesario, derivarte a un especialista.


Si estás leyendo esto en medio de un día difícil, quiero que sepas algo.

Las rabietas no significan que lo estés haciendo mal. Significan que tu hijo está creciendo, que tiene emociones que todavía no sabe gestionar, y que confía en ti lo suficiente como para derrumbarse delante de ti. Eso no es un fracaso. Eso es vínculo.

Y el hecho de que estés aquí, leyendo esto, buscando información, intentando entender qué le pasa por dentro a tu peque en lugar de buscar simplemente cómo hacer que pare… eso ya dice muchísimo de ti. Más de lo que crees.

Nadie nace sabiendo acompañar emociones. Ni tú, ni yo, ni ninguno de los padres que han pasado por mi guarde con esa cara de "no sé qué estoy haciendo". Todos estamos aprendiendo. La diferencia está en si queremos seguir aprendiendo o no.

Recuerda: todos tenemos un volcán. Y tú también tienes el tuyo. Solo tienes que conocerlo, gestionarlo y sostenerlo, para poder acompañar al de tu peque.

La pregunta es, ¿estás dispuesto a acompañarle?

Preguntas frecuentes

¿Son normales las rabietas a los 2 años?

Totalmente. Es la edad de mayor frecuencia de rabietas. Tu peque está en pleno desarrollo emocional y cerebral, y las rabietas son su forma de expresar emociones que todavía no sabe manejar.

¿Cuánto duran las rabietas?

La mayoría duran entre 2 y 15 minutos, aunque puede parecer una eternidad. Si de forma recurrente duran más de 25-30 minutos, puede ser buena idea consultarlo.

¿Las rabietas son culpa de los padres?

No. Las rabietas son parte del desarrollo normal. Tú no las causas, pero sí puedes influir en cómo tu hijo aprende a gestionarlas según cómo las acompañes.

¿Hay que ignorar las rabietas?

No. Ignorar al niño cuando más te necesita le enseña que sus emociones no importan y puede dañar el vínculo. Lo que funciona es acompañar: estar presente, validar la emoción y mantener la calma.

¿Mi hijo tiene rabietas porque le pasa algo?

En la gran mayoría de los casos, no. Las rabietas son normales entre el año y los 4-5 años. Solo si son extremadamente frecuentes, intensas, largas o incluyen autolesiones conviene consultar con un profesional.

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